La leyenda de Guillermo Tell

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guillermotelljpHace unos 700 años, la bella y montañosa Suiza sufría la tiranía de un hombre llamado Gessler, a quien el emperador de Alemania, luego de invadir con los soldados el país, había designado como gobernador. Una vez posesionado de su cargo, Gessler dictó una serie de leyes muy humillantes para los suizos. La más odiosa de todas los obligaba a hacer una reverencia ante un poste que se alzaba en la plaza de todos los pueblos y ciudades y en cuya parte más alta se veía un gorro del gobernador.

Los Suizos estaban indignados, pero también atemorizados, pues Gessler era un hombre cruel que no vacilaba en condenar a muerte o encerrar en oscuras mazmorras a los rebeldes.

Entonces se oyó hablar de un leñador llamado Guillermo Tell, originario del lago de los Cuatro Cantones, en las altas montañas, y tan hábil en el manejo del hacha como en el de la ballesta.

Se decía que no fallaba un solo disparo. Decidido a combatir al tirano, Guillermo Tell reunió un pequeño ejército de hombres con el que perseguía y enfrentaba a los soldados de Gessler. El valor que demostraba en las escaramuzas lo convirtió rápidamente en símbolo de independencia y sus compatriotas empezaron a apoyarlo.

Un día que paso por el pueblo acompañado de Gualterio, su pequeño hijo, Tell se negó a inclinarse ante el poste con el gorro. Cuando los soldados de Gessler quisieron obligarlo, les respondió:

-Sólo debo respeto a mi libertad.

Tomado prisionero, fue llevado ante Gessler, quien le dijo:

-En vista de que amas tanto la libertad y eres tan bueno con la ballesta, te propongo un trato. Si atraviesas con una flecha esta manzana a una distancia de cincuenta pasos, te dejare libre.

Guillermo pensó que la cosa sería fácil, pero no contaba con la perversidad de Gessler, quien añadió enseguida que la manzana fuera colocada en la cabeza de su hijo Gualterio. Aterrado, Guillermo estuvo a punto de decir que prefería la prisión e incluso la muerte a correr riesgo de matar a Gualterio, pero el niño avanzó hacia él y le dijo.

-Ten confianza, padre. Si atraviesas la manzana seremos libres. No fallaras-. Y el mismo niño se puso la manzana en la cabeza, luego de ser llevado por los hombres de Gessler a la distancia convenida. Todos los habitantes del pueblo se agolparon en la plaza, presa de la más terrible expectación.

Hubo un silencio de muerte mientras Guillermo apuntó su ballesta y disparó. La flecha dio justo en el centro y la multitud estalló en gritos y júbilo y admiración. Ni el mismo Gessler lo podía creer…

 

-Leyenda  tradicional suiza-

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