LA TORTUGA Y LA LIEBRE

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liebre-tortugaUna liebre se encontró un día con una tortuga que subía lentamente por la falda de una montaña. Al verla, se aproximó a toda velocidad hacia ella y paró en seco enfrente suyo.

-¡Vaya manera de caminar! ¡Ni siquiera parece que te movieras! –se burló la liebre, con aire de suficiencia.

-Yo de ti no me reía –contestó la tortuga, con tranquilidad.

-Si quieres apostamos una carrera hasta ese estanque de patos –añadió, desafiante.

-Estás completamente loca –exclamó la liebre, estallando en frenéticamente carcajadas-. Nunca podrías ganarme.

-Y para que todo sea legal, nombremos al zorro como juez de la carrera –propuso la tortuga.

-Como quieras- contestó la liebre, sin parar de reír.

Mandaron entonces a buscar al zorro, que era un experto en esta clase de asuntos. El zorro dispuso todo para la carrera y dio la largada. La liebre arrancó como una exhalación y en pocos segundos se perdió de vista. La tortuga, sin dejarse impresionar, avanzó con su paso natural.

Luego de avanzar un buen tramo y en cuanto divisó la meta en lo alto de la montaña, la liebre dio la carrera por ganada y le restó toda importancia. Tan segura estaba de ser la triunfadora que se dijo: “Un poco de sueño no me caería mal” y se echó a dormir, no sin antes haraganear un rato por ahí.

La tortuga, entre tanto, mantuvo firme y constante su paso.

Cuando la liebre despertó y se dispuso a correr hasta la meta, ya la tortuga había llegado y el zorro la declaraba ganadora, en medio de aplausos de la multitud de animales que se había reunido para ver el final de la carrera.

-Te dormiste sobre los laureles –le dijo el zorro a la liebre, al verla consternada y todavía sin salir de su asombro.

 

Es irresponsable dar las cosas por hechas.

-Esopo-

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