LA NIÑA Y LAS ESTRELLAS

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laninaHabía una vez en una aldea inglesa una niña que, en cuanto comenzaba a caer la noche, levantaba los ojos al cielo y se quedaba lela mirando las estrellas. Pasaba así largos espacios de tiempo. Se olvidaba de todo, su mirada y sus pensamientos se perdían en el firmamento, deseando tener una de esas lucecitas titilando en sus manos.

Una cálida noche de verano, estando en su cuarto, cuando ya era hora de dormir, se asomó a la ventana para ver las estrellas antes de irse a la cama. Esa noche la Vía Láctea brillaba con más esplendor que nunca y su deseo de alcanzarlas se volvió incontenible.

Entonces abrió la ventana, se deslizó sigilosamente hacía el jardín, abrió la ventana sin hacer ruido y echó a andar. Caminó largamente por valles y montañas hasta que encontró un riachuelo.

-Buenas noches riachuelo –lo saludó-.

¿Has visto alguna estrella por aquí?

Me encantan las estrellas, me muero de ganas de tocarlas y poder jugar con ellas.

-Claro que sí –respondió el riachuelo-

¿No ves que su brillo no me deja dormir?

Pasa todas las noches en mis aguas.

La niña se metió al riachuelo y chapoteó por todas partes pero no encontró estrella alguna.

-Perdón , riachuelo –dijo la niña, mientras se secaba después de salir del agua-, pero creo que tus aguas no hay no una sola estrella.

-Pero, ¿Qué dices, muchachita? –exclamo el riachuelo, disgustado-. Hay muchas estrellas aquí. Todas las noches las veo.

¿No te digo que no me dejan dormir? ¡Tengo tantas estrellas que no sé qué hacer con ellas!

Y el riachuelo, renegando, siguió su curso hasta olvidarse de la niña. Ella se alejó sin hacer ruido y continuó su camino. Al cabo de un largo rato se sentó  a descansar a los pies de la colina. Cuando menos pensó, el prado estaba lleno de cientos de pequeñas hadas que habían llegado a bailar.

-Buenas noches pequeñas hadas –dijo la niña-. ¿Han visto alguna estrella por aquí? Me encantan las estrellas, me muero de ganas por tocarlas y poder jugar con ellas.

-Por supuesto –cantaron las hadas-, brillan todas las noches entre las briznas de la hierba. Ven a bailar con nosotras y encontrarás todas las que quieras.

De manera que la niña bailó y bailó durante horas, aprendió los secretos pasos de baile de las pequeñas hadas, hasta que, rendida por el cansancio, se desplomó, sin llegar a ver la primera estrella.

-Algo muy dentro de mí me dice que las pequeñas hadas son las únicas que me pueden ayudar a alcanzar las estrellas –les dijo la niña mirándolas a todas, una por una.

-Si estas realmente decidida, debes perseverar y seguir adelante –le dijo una de las pequeñas hadas-, sólo tienes que buscar la escalera sin peldaños y ella te conducirá a las estrellas.

La niña reanudó la marcha, subió montañas, bordeo abismos, atravesó desiertos y transitó oscuros caminos indagando por la escalera sin peldaños. Al fin una gaviota la condujo al arco iris y la niña comenzó a escalar, pero avanzaba muy con lentitud porque continuamente se resbalaba y retrocedía.  Al fin llegó arriba y pudo ver las estrellas.

Maravillada, estiró sus manos para alcanzarlas, y cogió una estrella fugaz que la haló con tantas fuerzas que la arrastró volando hacia el cielo. La niña no supo más hasta el día siguiente cuando, al despertarse en su cama, descubrió un grano de polvo de estrellas que centellaban sobre la palma de su mano.

-Antiguo cuento inglés-

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