Una lección para el maestro

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maestroEl profesor Julián Arvide era uno de los matemáticos más notables de aquel tiempo, y la figura más sobresaliente de la Universidad. Impartía el curso de trigonometría avanzada, había publicado varios libros y pasaba buena parte del año dando seminarios y conferencias en el extranjero.

Merecedor de medallas, premios y reconocimientos, los había colocado en una vitrina de su biblioteca. Le fascinaba sentarse a contemplarlos y recordar cada uno de sus éxitos. Luego se miraba en el espejo y se decía: “¡Pero qué bárbaro, soy extraordinario!”.

En los inicios de curso reía de sus alumnos y les informaba: “No ha nacido el que no me entienda, pobres ineptos. Nadie de ustedes me interesa, pero bueno, tengo que hacer mi obra de caridad…”. Aconteció que un día estaba explicándoles el triángulo obtusángulo isósceles, cuando una comisión universitaria visitó su salón. El rector y sus asesores llamaron a la puerta, él los miró con desprecio por la ventanilla y le indicó a uno de los estudiantes: “Tú, como te llames, dile a esa gentuza que se aleje de aquí. Están interrumpiendo las palabras de un genio y su impertinencia perjudicará a la humanidad”.

Ofendidos, los funcionarios se retiraron, y el rector decidió aplicarle una medida correctiva: enviarlo por un semestre a El Pirulí, un alejado pueblo dedicado a la producción de esos caramelos, para dar clases de regularización a niños de una escuela primaria.

No tuvo más remedio que aceptar o sería expulsado por el Consejo de su Universidad. Todo en El Pirulí le parecía espantoso. Cuando empezó a trabajar con los niños casi se desmaya. “¿Cuánto es dos más dos?”, le preguntó a Jimena. “Siete”, respondió ella. “¿Cuántos lados tiene un cuadrado?”, le preguntó a Jorgito. “Seis”, dijo él. “¿Cuáles son los números decimales?”, le preguntó a Lorena. “Los esquimales viven en el Polo Norte”, explicó ella con orgullo. Y aparte de eso estaban todas las incomodidades del lugar… En una ocasión algo le sentó mal y se presentó a la clase con un fuerte dolor de estómago. “Ay, profe —le dijo Jimena—, es que usted no está acostumbrado a la leche recién ordeñada. ¡Hiérvala primero!” Otro día llegó con decenas de piquetes. “Ay, maestro —le dijo Jorgito—, es que tiene que ponerse mentol para que los moscos no lo piquen.” Una tarde su auto se atascó en el lodo. “Ay, don Juli, póngale unas tarimas en las llantas para sacarlo”, le explicó Lorena.

Los chicos jamás aprendieron matemáticas porque él, después de todo, no era tan buen maestro. Siguieron creyendo que los conjuntos eran los grupos de música que tocaban en la fiesta del pueblo, que los quebrados eran los trastes que se rompían y que el álgebra era una medicina para la tos. Pero en aquel semestre inolvidable don Juli aprendió, gracias a ellos, a reconocer en el cielo cuándo habría tormenta, a ahuyentar a los perros que se juntaban en la calle para morder gente y a ponerse periódico dentro de los zapatos cuando calaba el frío.

Y cuando las autoridades le escribieron para decirle que debía regresar a la Universidad, él les respondió con una breve nota: “No, gracias, quiero quedarme aquí para seguir estudiando”.

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