El gladiador y la hiena

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GladiadorLuis Miguel ya no estaba en edad de coleccionar juguetes. Sin embargo, cuidaba amorosamente los que había usado en la infancia. Lo que más apreciaba era su colección de guerreros a escala, una sorprendente serie de valientes hombres de combate conocidos como “los nuevos héroes”.

Había un imponente hombre de tez negra que manejaba un carro tirado por un rinoceronte, un poderoso señor de la India, acompañado de dos ayudantes que viajaban montados en lomos de un elefante; un hombre de la antigua Iberia que blandía dos espadas, el honorable samurái del Japón, un vikingo con expresión de enojo y un enigmático ninja.

El único que nunca había logrado conseguir era un gladiador, con cara de pocos amigos, acompañado de una feroz hiena que obedecía sus instrucciones. Un sábado al mediodía andaba de paseo con su esposa y su hijo en un mercado de curiosidades que se ponía en la colonia Roma de la Ciudad de México.

Llevaban varias horas caminando bajo el sol y hacía un calor terrible. Su hijo José Bernardo se detuvo ante un puesto de juguetes viejos y le gritó entusiasmado: “Papá, papá, ¡aquí está el gladiador que nos falta!”.

En efecto, allí estaba, con todo y hiena. Luis Miguel se acercó a verlo, lo tomó entre las manos, preguntó por el precio (que era altísimo), y en ese preciso momento comenzó a tambalearse por el calor y el cansancio. ¡Estaba a punto de desmayarse! El dueño del puesto se dio cuenta, lo tomó del brazo, lo condujo a la sombra, le ofreció una silla y un vaso de agua con hielos. Al poco tiempo se sintió recuperado, le dio las gracias al buen hombre y volvió a casa con su familia.

Al vaciar los bolsillos de su pantalón descubrió algo terrible: en la confusión de aquel momento se había traído al gladiador con su hiena, y no lo había pagado. El domingo siguiente, padre e hijo fueron al tianguis para devolver la figurilla, pero el espacio del puesto se hallaba vacío. Los otros comerciantes no pudieron darle información sobre el señor.

Lo mismo pasó el otro domingo y el otro. Pero siempre sufrían la misma desilusión. Con la ayuda de amigos buscaron en otros tianguis y recorrieron de principio a fin La Lagunilla; ¡aquel hombre se había esfumado y parecía no haber existido nunca!

Medio año después, una tarde, después del acostumbrado e inútil recorrido por los tianguis, padre e hijo fueron al circo para ver el espectáculo de una hiena amaestrada por un llamativo entrenador y notaron algo extraordinario: ¡en el otro extremo de la carpa estaba el vendedor de juguetes! José Bernardo y Luis Miguel corrieron hasta él, le contaron lo ocurrido y le devolvieron la figurilla que llevaban en una bolsa.

El vendedor les sonrió con su boca desdentada y les dijo: “Miren nada más qué buenos muchachos que se molestaron tanto para encontrarme. Nada más por eso se las regalo. En realidad, la estaba

vendiendo a un precio abusivo”. Cuando terminó la función, fueron a buscar al domador para tomarse una foto. La hiena, furiosa, se paró de manos, abrió el hocico y… ¡se fue corriendo de allí!

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