Todos a bordo

432
0
Compartir

barcoEn 2010 una grave inundación afectó al pueblo del Encanto y provocó un desastre  de grandes proporciones. En la Ciudad de México los alumnos de la escuela Mártires de  la Ortografía pensaron cómo ayudar a cientos de niños como ellos que habían perdido todo. “Tenemos que enviarles medicinas”, propuso Antonio, de 4°B. “Y cobijas”, añadió Martina, de 3°A. “También comida”, agregó Pablo, de 2°C. “¿Y cómo vamos a reunir eso?”, preguntó la señora Ximena, que hacía la limpieza. “¡Ya lo sé! —propuso Juan Carlos,  de primero de secundaria—, haremos un número de baile y en vez de cobrar la entrada pediremos a los asistentes que traigan todo eso.”

“¿A poco tú vas a bailar? Serás el único”,  se burló Maruja, de 6°D. “Pues yo sí”, respondió él y al día siguiente se presentó con una grabadora y unos zapatos con corcholatas en la suela para hacer ruido sobre la madera. A la hora del recreo entró al salón de actos y empezó a ensayar. Muchos chicos lo veían por la ventana. Al día siguiente Javier, su mejor amigo, pensó: “No puedo dejarlo solo”,  e imitó los pasos de la coreografía tomada de una comedia musical sobre los enredos  y chismes que ocurrían en un barco. Dos niñas comentaron: “Está rarísimo que dos chicos bailen solos: vamos a enseñarles cómo moverse”. Pronto el salón de actos se convirtió  en el lugar más animado de la escuela. Los ensayos se habían vuelto más divertidos que las coleadas, los encantados, el resorte y la cuerda. A la semana la compañía tenía veinte integrantes. Como el recreo no alcanzaba, comenzaron a ir en las tardes. Uno de los maestros se ofreció para dirigirlos. Al mes ya estaba listo el número, pero los uniformes no se veían tan bien en escena y menos aún la pared descascarada del salón. Las madres, que llevaban a los chicos a los ensayos, se pusieron de acuerdo para cortar  y coserles trajes de marineros con sobrantes de tela, y algunos  de los padres, que eran albañiles, juntaron restos de material para hacer una escenografía. Por todo el barrio niños y adultos pegaron carteles hechos a mano en los que se leía:

La comparsa “El Encanto” presenta su número sensacional todos a bordo.

Finalmente llegó el día de la función. En el salón cabían cien personas, sin embargo,  por el interés que había despertado el show, quinientas querían verlo. Así que el director aceptó prestarles el auditorio general. En el estreno todo lucía impecable: la cubierta  del barco parecía real y todos estaban uniformados como auténticos navegantes.  Empezó a sonar la música y los chicos se movieron como si fueran uno: los saltos,  los giros, los pasos y el movimiento de los brazos eran parejos. El encargado de la  grabadora la apagó por un momento y ellos lograron marcar el ritmo con las suelas.  Cuando terminó el espectáculo fueron a la taquilla y encontraron cientos de víveres, prendas y medicinas. Al día siguiente fletaron un camión que los llevó al Encanto, donde los niños ya  los esperaban. No sólo les entregaron las cosas, repitieron la función para alegrarlos.  En medio del desastre los chicos de aquel pueblo sintieron que aquel barco de yeso  y cartón los había rescatado.

Etiquetavalores
Compartir

Dejar un comentario