El hijo que regresó

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cuentoJacinto y Rosendo eran dos apuestos hermanos, hijos de don Bernabé, un poderoso cacique de Zacatecas. Todo lo hacían juntos; sin embargo, tenían planes diferentes. Cuando llegaron a la mayoría de edad Jacinto le dijo a don Bernabé: “Apá, deme la parte de las propiedades que me corresponden”. Al señor y a Rosendo les sorprendió mucho esa solicitud, pero el padre pensó que sería mejor heredarlo en vida, así que dividió los bienes y le entregó su parte: algunos ahorros, varias cabezas de ganado, muchos costales de granos y parte de las tierras. Al recibir todo, Jacinto dijo muy decidido: “Gracias, ahora me iré”. “Pero ¿cómo? —preguntó el padre—, ¿nos dejarás solos con todo el trabajo?” “Sí apá, es la vida”, respondió antes de marcharse sin voltear siquiera.

 

Después de irse era muy raro que les escribiera. Por otras personas sabían que andaba malgastando la fortuna en parrandas, apuestas en peleas de gallos, botellas de bebida y fiestas para sus amigos: una tarde mandó cerrar la feria para que sus conocidos usaran los juegos y comieran toda clase de dulces gratis. Pronto quedó en la ruina, no tenía siquiera algo que llevarse a la boca y se andaba metiendo a los establos para comer el alimento del ganado.

 

Desesperado por su situación, decidió volver a la casa de su padre y pedirles perdón a él y a su hermano. “Apá —le dijo—, me porté de la patada y sé que ya no merezco nada, no sólo los dejé, también me gasté la lana, pero aunque sea deme trabajo como a uno de sus peones.” Don Bernabé no dijo una sola palabra y se le quedó viendo. Un momento después llamó al administrador del rancho y le dijo: “Trae la mejor ropa para mi hijo, el mejor sombrero y las mejores botas. Que le preparen un buen baño y se vista como debe ser”.

 

De un cajón del escritorio sacó un anillo y se lo puso en la mano: “Era de tu mamá, mijo, se lo di el día que la pedí en matrimonio. Ahora llévalo tú”. Jacinto veía todo esto muy sorprendido, y se extrañó más por las instrucciones que siguió dando su padre. “Qué barran bien el cortijo del rancho, vamos a organizar un jaripeo. Todos están invitados. Hoy aquí no se trabaja.” No tardó en empezar la fiesta que culminó con una gran comida con aguas frescas y tacos de guisado: mole, pipián rojo, rajas con crema, papas con chorizo, tinga de pollo, chicharrón en salsa verde, arroz…

 

Rosendo no sabía nada de lo que ocurría porque andaba lejos, en el campo, pero cuando se acercó a la casa escuchó a los mariachis. “¿Pues qué se traen?”, le preguntó a uno de los peones. “Regresó Jacinto y tu padre dio una fiesta para celebrarlo. Pásale.” Celoso, Rosendo se resistió a entrar, pero don Bernabé le suplicó que pasara. Cuando entró empezó a reclamarle: “Apá, he sido el mejor de sus hijos y nunca me ha hecho una fiesta así, pero nomás regresó este cuate que se gastó todo y mire qué relajo se armó”. “Ay, hijo, tú siempre has estado acá y hemos compartido todo. Tu hermano andaba de mala cabeza, pero lo pensó mejor y quiere estar otra vez con nosotros. Por eso quise hacerle esta fiesta. Ándale, ve a saludarlo.” Jacinto y Rosendo se dieron un abrazo largo y fuerte y fueron adonde estaban las cazuelas antes de que los guisados y las aguas se acabaran.

 

 

 

 

 

 

 

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