La pequeña del bombardeo

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Kim-PhucA inicios de la década de 1970 había una terrible guerra  en Vietnam entre quienes defendían el comunismo y quienes estaban en contra de él. La intervención de Estados Unidos, del lado anticomunista, fue desastrosa. Las tropas arrasaban aldeas enteras y agredían a miles de inocentes. El 8 de junio de 1972 un fotógrafo de prensa llamado Nick Ut captó una escena de enorme dramatismo. Los estadounidenses habían atacado una aldea de personas pacíficas llamada Trang Bang con bombas de napalm, un explosivo capaz de provocar incendios de grandes proporciones. En la imagen alcanzan a verse cuatro niños muy pequeños que huyen de aquel infierno de llamas y humo. Una de ellas va desnuda, pues no tuvo tiempo de ponerse su ropa.

Esa pequeña se llama Kim Phuc y recibió graves quemaduras en casi todo su cuerpo. Dos de sus primos, de seis meses y tres años, murieron entre el fuego. El fotógrafo Ut la llevó al hospital para que la curaran y ayudó a conseguir los fondos necesarios, pues la familia de la chica era muy pobre. La pequeña duró internada más de un año y fue sometida a casi veinte operaciones antes de volver a casa. Cuando salió del hospital decidió estudiar medicina, carrera que siguió con dificultades en su propio país (la obligaban a participar en actos de propaganda a favor del gobierno), Cuba y Canadá, donde actualmente vive.

En 1997 estableció la Fundación Kim Phuc para aportar ayuda a los pequeños que son víctimas de la guerra y la violencia. Ha apoyado a cientos de chicos en Timor Oriental, Rumania y Afganistán, prestándoles ayuda médica, física y psicológica. Por ejemplo, en el caso de que hayan perdido un miembro, les suministra una prótesis para que puedan seguir con su vida normal. Al mismo tiempo ha realizado una campaña pacifista para evitar que vuelvan a ocurrir conflictos bélicos —como el que ella vivió— en los que la lucha por objetivos políticos termina dañando las vidas de millones de personas: “He vivido la guerra  y sé cuán inapreciable es la paz”, ha dicho.

Su lección más importante, sin embargo, es el perdón. A lo largo de su vida se ha reunido con los probables responsables de aquel ataque y les ha informado que no tiene rencor con ellos, pues olvidar los daños recibidos es la única forma de alcanzar la paz.  “El perdón me ha liberado del odio. Todavía tengo cicatrices en el cuerpo y la mayor parte de los días sufro dolores, pero mi corazón ya está limpio. El napalm es muy poderoso,  pero la fe, el perdón y el amor son mucho más potentes.

Si cada uno de nosotros aprendiera cómo vivir con verdadero amor, esperanza y perdón no habría guerras. Pregúntense ustedes: si la pequeña niña de la fotografía pudo perdonar, ¿por qué no hacerlo nosotros también? Hoy vivo sin odio ni ánimo de venganza y puedo decirles a quienes causaron  mi sufrimiento: les doy mi perdón.”

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