Las bodas de aluminio

645
0
Compartir

familiaTeresa y Édgar estaban a punto de cumplir diez años de casados, aniversario que se conoce como “bodas de aluminio”. Tenían mucho que celebrar, en especial haber construido una familia agradable y tranquila con dos hijos, Jaime y Azucena, de nueve y ocho años de edad. Todos se querían bien, pero casi siempre discutían por asuntos menores, como el color de la alfombra, lo que se iba a preparar de comer o las actividades de los domingos: a veces Édgar quería ir de día de campo, pero no lograba convencer a Teresa, que prefería ir al cine (“Aborrezco los picnics”, acostumbraba decir). Cada uno ponía de su lado a uno de los chicos y, al final, paseaban por separado.

Al terminar el día regresaban tristes y aburridos por no haber estado juntos. Cuando se acercaba la fecha del aniversario planearon hacer una fiesta para celebrarlo. “Ya sé —dijo Teresa—, podemos organizar un gran baile con toda la familia.” Édgar la miró con disgusto y opinó: “Bien sabes que a mí nunca me ha gustado bailar y que tampoco me agrada tu familia. Mejor podemos hacer una excursión al Bosque de los Cedros”. “¡Qué horror! —opinó Teresa—, me choca caminar. Y además, estoy segura de que nadie querría acompañarnos.” “¿Y a quién van a invitar?”, preguntó Azucena.

“Al tío Marcos no, porque cuenta unos chistes muy pelados”, opinó Édgar. “A la tía Imelda menos, porque come más de la cuenta”, dijo Teresa. Y así repasaron a más de cien personas, entre las cuales sólo quedaron diez… “Bueno, ¿y qué les vamos a dar de comer?”, quiso saber Jaime.

“Tamales”, opinó papá. “Bocadillos”, propuso mamá. “Nuggets de pollo”, recomendó Azucena. Cuando cada uno mencionaba su antojo, los demás ponían cara de asco. “¿Y la música?”, preguntó la niña… Cada miembro de la familia sugirió un ritmo diferente y las opciones de música en vivo, discos o el radio. “Yo no soportaré el ruido —se quejó Jaime—, me iré a dormir a casa de mis abuelos, al fin ya vimos que no podemos invitarlos a la fiesta porque están viejitos…”

El mes que antecedió a la fiesta transcurrió entre discusiones sobre los preparativos, la ropa, los gastos, los adornos de la casa. Ya parecía más bien una competencia para ver quién se salía con la suya. “¡Ya no te aguanto, mujer!”, gritó un día Édgar. “Ni yo a ti”, le respondió Teresa. “Para que se acabe todo este lío mejor no hagamos nada”, sugirieron los chicos.

El día del aniversario todos estaban muy mustios viendo la televisión y ya iban a empezar a discutir sobre cuál canal debían sintonizar cuando Jaime les dijo: “Calma, vamos a pasar a la mesa”. Los otros tres lo miraron con asombro pero lo obedecieron y cuando se sentaron descubrieron en sus platos unos plátanos que el chico había comprado en la tiendita, envueltos en papel aluminio. “Este aniversario no podía pasar en blanco —les dijo Jaime—, y si queremos celebrar otros diez años juntos tenemos que aprender a ser más flexibles y a conocernos mejor.” Los plátanos estaban verdes… pero todos se los comieron sin chistar.

Etiquetavalores
Compartir

Dejar un comentario