El amuleto

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trebol-4-hojasEl conflicto entre Maruca (departamento 401) y Dominga (501) había empezado por razones tan insignificantes que ya ninguna de las señoras chismosas de los otros departamentos lograba recordarlas con claridad. “Fue porque el perro de Maruca arañó la puerta de Dominga”, explicaba Pancha (203), pero acto seguido Mariana (602) la corregía: “No, gordita, fue porque la del 501 le robó una jerga nuevecita a la otra”.

Lejos de ayudarlas a reconciliarse, estas vecinas y otras las enfrentaban cada vez más entre sí. “Maruca, dijo Dominga que eras esto y lo otro…”, “Dominga, Maruca ensució tu lavadero” y otras frases de ese estilo resultaron muy útiles para que estas señoras se convirtieran en verdaderas enemigas y constantemente se molestaran poniendo el radio a todo volumen, desperdigando la basura y hasta dándose uno que otro empujón.

Después de un incidente en especial grave (Maruca le cortó el agua a Dominga), las vecinas convencieron a esta última de que aplicara una solución definitiva. “Es hora de que acabes con ella”, le dijeron casi en tono de exigencia. “Tienen razón —respondió Dominga—. Voy a eliminar a esa enemiga de mi panorama.

Las vecinas fueron a advertirle a Maruca lo que se planeaba en su contra. “Cuídate —le dijeron—, tus horas como enemiga de Dominga están contadas.” Ella se puso un poco nerviosa y esperó el inicio del ataque pensando en cómo se defendería y se vengaría. Éste comenzó de una manera muy inquietante: Dominga le dejó una planta a la puerta de su departamento. “Seguramente es de las que enferman el ambiente con su mal olor”, dijo Maruca y la llevó a la azotea.

Al día siguiente desde su departamento Dominga escuchó que Maruca (y su perro, el odioso Manchas) estaban enfermos de tos y pensó: “¡Ésta es mi oportunidad!”. Les preparó un jarabe con su ingrediente secreto y se los mandó con Angelito, el niño del portero. “Me quiere envenenar —pensó Maruca—, y voy a comprobarlo.” Sirvió un poco de jarabe en una cuchara y se la dio al perro para ver qué le pasaba. El tercer paso del ataque de Dominga fue más raro y ocurrió a las pocas horas. De un clavo que había en la puerta de Maruca colgó un extraño amuleto metálico (un trébol de cuatro hojas) que había comprado en el mercado.

Al verlo, Maruca gritó asustada: “Es una brujería. Estoy segura de que es un amuleto para que yo tenga mala suerte. Iré al mercado a indagar”. Fue al mercado y le preguntó a la señora que atendía el puesto de talismanes, hierbas y veladoras. En vez de responderle, ésta le dijo: “¡Qué chistoso!

Ayer vino su vecina y me preguntó qué tenía para la buena suerte. Le vendí ese trébol que es muy poderoso”. Desconcertada, Maruca volvió a casa. La recibió el Manchas ladrando a todo volumen sin rastro de tos ni moco alguno. Subió a la azotea y vio que se habían abierto los botones de la planta; era un rosal miniatura, muy perfumado, por el que se peleaban abejas y colibríes.

Fuera de sí bajó corriendo al departamento de Dominga, llamó a la puerta y le preguntó: “¿Pues qué te traes? ¿No que querías acabar con tu enemiga?”. “Claro, y ya lo logré —respondió Dominga—, porque a partir de ahora tú y yo ya somos amigas. Pásale, te invito un café. Fíjate que

la del 702…”

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