Los doce niños

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FLORESA mediados del siglo xix, cerca de Huamantla,  en Tlaxcala, había un malvado cacique, dueño de  la hacienda La Colonia, cuyos dominios se extendían  por un amplio territorio. En ellos se criaba ganado de lidia y también se cultivaban frutas, legumbres y maíz, que el cacique vendía y le habían dado grandes riquezas.

Sin embargo, la fama y opulencia de La Colonia provenía de las flores cuidadas en un amplio invernadero, que habían traído por barco, en piezas, desde Londres. Gracias a la luz del sol que entraba por todos lados, allí crecían begonias, alhelíes, rosas, jacintos, nardos, azucenas, gardenias y delicadas orquídeas que luego se vendían a precio de oro para decorar las fiestas de Puebla y de la capital.

Pocos sabían, sin embargo, que esas flores ocultaban un triste secreto.  El cacique mantenía cautivos a doce niños que se encargaban de regar las plantas, abonarlas y cortar sus hojas secas con sus manos pequeñas y hábiles y con todo el amor de su corazón. Nadie sabía cómo habían llegado allí esos chicos, pero el cacique les tenía prohibido alejarse del invernadero  y de los cuartos donde dormían bajo la supervisión de dos vigilantes encapuchados. Jamás paseaban o se divertían y nadie les enseñaba a leer  o escribir. Una mañana, Román, el más entusiasta, les propuso: “Tenemos que salir  de aquí, pero no sé cómo”. “Ya sé —dijo Lolita,  la más valiente—, le daremos un palo al cacique  y cuando se desmaye saldremos corriendo.”  “No —comentó Mariana—, el que se enoja pierde.”

“Ya sé —propuso Néstor, el más bravo—, destruiremos todas las flores y así dejaremos de ser necesarios”, pero Julieta, la más dulce, se opuso: “Nunca destruyas lo que cultivaron tus manos”. Los demás niños dieron sus opiniones pero siempre aparecía un obstáculo razonable. El único que no había dicho nada era Manuel, el más tímido. “A ver, Manolo, ¿cuál es tu parecer?”,  le preguntó Fernanda. “Salir de aquí es imposible; mejor debemos hacer algo  para que el tiempo pase más rápido sin que nos desesperemos.

Hay que ir  juntando los pétalos de las flores que se caen, se marchitan o se maltratan.  Con ellos haremos una alfombra como las que ponen en los días de la fiesta  del pueblo.” Desilusionados por no haber hallado una solución a su problema,  los chicos le hicieron caso y empezaron a hacer su alfombra sobre un petate  de buen tamaño en el que dormían y que colocaron atrás del establo.

Trazaron grecas y círculos combinando los colores con gran maestría  en el poco tiempo que les dejaba su trabajo. El cacique y los guardianes  la veían de vez en cuando y se burlaban de ellos: “Tristes chamacos,  cuando la acaben ya estará marchita”. Días después el trabajo estuvo completo y no, no se había marchitado:  la alfombra era tan fresca y fragante como si los pétalos fueran de esa  mañana. Feliz de verla, Manolo les dijo a sus compañeros: “Ahora quítense  los huaraches y siéntense con cuidado en ella”. Divertidos, sus compañeros  le hicieron caso y se acomodaron. Cuando ya estaban bien en orden Manolo  alzó la voz: “Vieeeentoooo, vieeeentoooo, vieeeentoooo, vieeeentoooo, ven  por nosotros”, dijo al cielo.

Obedeciendo al pequeño, un poderoso aire sopló  por detrás y elevó el petate hasta alcanzar las nubes. Los doce niños, libres  al fin, iban rumbo a su nuevo destino.

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