El rebozo de doña Rosita

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rebozosEn Santa María del Río, San Luis Potosí, se tejen los rebozos más bonitos de todo México por sus colores y el brillo de su seda. Los más acabados son tan finos que pueden pasar por un anillo estrecho, y tan resistentes que permiten cargar a un recién nacido medio gordito. Doña Rosita era la mejor tejedora del pueblo, pues desde niña su madre y su abuela le habían enseñado cómo hacerlo. Cuando ya era una anciana y la vista le fallaba un poco, decidió confeccionar el último y más hermoso de todos y comenzó a hacerlo con cuidado.

 

Era una delicada prenda de color naranja, con elaboradas grecas de tonos más fuertes y flecos largos y bien separados. Una vez que estuvo listo, lo dobló y lo colocó al lado de su balcón, fue a la estufa a cuidar el atole y, cuando volvió, ya no estaba: ¡se lo habían robado! Doña Rosita lloró de la tristeza y sospechó de Marisela, una tejedora joven de otro pueblo, llamado El Olvido, que se lo había chuleado. Al día siguiente le pidió a Guillermo, el mayor de sus hijos, que fuera a buscarlo. El joven se encaminó a El Olvido. A media ruta un hombre alto de barbas largas y blancas le preguntó a dónde iba. Cuando Guillermo se lo explicó, éste le dijo: “No, no vayas, mejor yo te doy esta bolsa con monedas de oro”. Guillermo no lo pensó dos veces. Aceptó el saco y regresó a casa. Doña Rosita lamentó mucho que no le llevara su rebozo.
“Yo no quiero ese dinero regalado, hijo, sino sólo recuperar lo que es mío”, le explicó. “Busca a ese hombre y regrésale sus monedas.” El muchacho no hizo caso y enterró la bolsa al lado de un árbol de tejocotes. Al ver tan afligida a su madre, Rodrigo, el hermano menor, le ofreció ir en busca de la prenda. “Estás chico todavía, hijo, no creo que tengas suerte”, le respondió ella. El muchacho tomó el camino a El Olvido. De una cueva salió el mismo hombre misterioso y cuando Rodrigo le explicó a dónde iba, también le ofreció un saco de monedas. “No, no —dijo el chico—, sólo queremos lo que es nuestro”, y siguió su recorrido.

 

En el pueblo buscó la casa de Marisela. Al llegar, como la puerta estaba abierta, entró. La encontró en el patio, trabajando con su telar. Al lado estaba, como muestra, el rebozo de doña Rosita. “Amiga —le dijo Rodrigo con dulzura—, ¿por qué tomaste el rebozo de mamá?” “Es tan hermoso que quise copiarlo, y lo tomé prestado. Pero fue inútil —respondió ella—, no pude lograrlo. ¿Me acusarás con el gendarme?” “No —dijo Rodrigo—, pero tendrás que ir a casa a devolverlo.” Al día siguiente Marisela fue a casa de doña Rosita para devolverle el rebozo. “Perdóneme, señora —le dijo—; para compensarla un poco por la tristeza que le causé, aquí le traigo esta fruta”, y le ofreció una canasta de guayabas y zapotes que crecían en su huerto. “Gracias, niña, yo te prometo enseñarte a tejer como yo.” El hermano mayor pensó que todo eso era una tontería, pero cuando desenterró su saco de monedas halló sólo huesos de durazno. Doña Rosita todavía vivió para conocer a su nieto, hijo de Marisela y Rodrigo, y les enseñó cómo envolverlo en el rebozo anaranjado para sacarlo a pasear.

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