Papá se fue a la guerra

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5441Nadie entendió muy bien cómo, pero de repente México estaba en guerra. En la capital habían asesinado a don Francisco I. Madero y en el norte se habían levantado los hombres leales a su causa para derrocar al usurpador Victoriano Huerta. A ellos se sumaron hombres sencillos de campo como Jorge Esquivel, un agricultor de Coahuila, que un día informó a su esposa Lourdes que saldría a combatir.

“Tenemos que luchar por un país justo para los chamacos y esperar lo mejor para ellos”, le dijo. Ella no logró convencerlo de que se quedara y lo ayudó a empacar. Cuando estuvo listo, Lourdes y los dos niños, Lencho y Toño, salieron a despedirlo con lágrimas en los ojos. “Aquí espérenme, que no tardo”, les dijo mientras se alejaba con la tropa.

De regreso en su sencilla casa, Lourdes habló con los chicos. “A trabajar, muchachos —los apremió—, debemos mantener todo en orden para cuando vuelva papá.” Los tres se repartieron las tareas: limpiar y arreglar la casa, cultivar las hortalizas que les servían de alimento y pastorear a los animales.

Aun así les quedaba tiempo para seguir con las lecciones para que aprendieran a leer y escribir. “¿Y cuándo vuelve papá?”, preguntaba siempre Lencho, el más pequeño. “Ya no tarda”, contestaba Lourdes, pero pasaban los meses y no se sabía nada de él.

Más o menos por mayo de 1913 recibieron unas cuantas líneas escritas por papá, que les llevó un compañero de batallón. “Cuídense mis cariños y mantengan todo en orden. Ya no tardo.” Las leyeron con alegría, pero la recomendación no era necesaria. Sus pequeñas propiedades estaba limpias y ordenadas, los animales habían engordado y los chicos leían y escribían cada vez mejor.

Lourdes comenzó a tejer un chaleco para regalárselo a Jorge cuando regresara. Un día volvieron al pueblo los hombres que se habían ido con él. “Anda peleando en Zacatecas —les dijeron—, y no tiene para cuándo regresar.” Ya para entonces había pasado un año desde que se había ido. Los chicos, que ya eran adolescentes, se sentían tristes y desconfiados, pero mamá los confortaba. “No se preocupen, ya no tarda.” La casita estaba mejor que un año antes, recién pintada. Hasta las plantas estaban más verdes y floreaban mejor por los cuidados. Toño y Lencho estudiaban en una escuela rural.

Mamá ya había tejido y destejido tres diferentes chalecos para su esposo, aunque por momentos ya no estaba tan segura de que fuera a regresar: había muertos y ahorcados por todas partes. Dos años después de la partida de Jorge, supieron que pronto llegaría en un tren que los suyos habían capturado. Los tres fueron a esperarlo a la estación. Bajaron diez, veinte soldados y entonces… el tren quedó vacío. Papá no viajaba en él. Tristes, pero seguros de que algún día volvería, regresaron andando a casa y siguieron esperando.

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