EL ÚLTIMO VIAJE DEL DOCTOR DAVID LIVINGSTONE

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DAVID-LIVINGSTONECelebre como explorador y esforzado misionero, el doctor escocés David Livingstone (1813-1873) creció en un ambiente de amor por el prójimo. Desde muy pequeño se gano la vida en una fábrica de algodón y, gracias al esfuerzo de sus padres, estudio medicina y teología con excelentes calificaciones. Al término de su formación decidió orientarse por el trabajo humanitario y se escribió en una sociedad de misioneros. Esta lo envió a Africa, cuyos habitantes vivian en pésimas condiciones y eran victimas de tráfico de esclavos.

En diversos puntos de continente,  Livingstone realizó exploraciones con el propósito de abrir vías de comunicación que permitieran un acceso más fácil a las personas y mercancía  para mejorar la calidad de las diferentes tribus. Descubrió el lago Ngami y el río Zambeze, También halló las cataratas Victoria.

Cuando hallaba grupos humanos, aunque no disponía de todos los medios necesarios, trataba de atender sus problemas de salud y alimentación. Lo más significativo fue, sin embargo, el conjunto de sus escritos enviados a Europa, en el que reportaba la injusticia y el sufrimiento producido por la esclavitud. Aunque su efecto no fue de inmediato estos contribuyeron a provocar un cambio en favor de la libertad.

Entre los ataques de animales, el hambre y el excesivo de calor, Livingstone proseguía con su esfuerzo y creó un estrecha amistad con muchos nativos y jefes tribales que cobraron enorme aprecio por el. Durante seis años perdio contacto con Europa. En 1969 enfermo de disentería (una infección intestinal) pero así siguió trabajando. Cuando ya no pudo continuar, los nativos  de Zambia, sus amigos, lo colocaron en una camilla para llevarlo hasta un lugar donde pudiera recibir ayuda médica. Aunque el recorrido duró varias semanas, ellos no se cansaban. Su salud no mejoró y antes de morir pidió a sus amigos que hicieran llegar sus restos a Inglaterra.

El desafio era bastante grande, significa transportar a lo largo de 1,500 kilómetros, sorteando graves peligros: animales salvajes, tribus enemigas y ríos de poderosa corriente. Lo más fácil era sepultarlo en el propio lugar de su muerte y quedarse con sus efectos personales, pero el sentido de lealtad -fundamental el las tribus africanas- que tenían con él no les permitió traicionar su promesa.

Prepararon el cuerpo, hicieron cuidadoso inventario de sus propiedades e inicaron el viaje a pie hasta la costa del oceano Índico. El recorrido duro diez meses (de abril de 1873 a febrero de 1874) y concluyó hasta cumplir la misión. Una vez en la costa, las pertenencias del doctor y sus restos fueron embarcados. Hoy descansan en la abadía de Westminster, Londres, pero su corazón quedó para siempre en África.

 

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