Marmol y Onix

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Al tío Anselmo le encantaba el ajedrez, pero desde la muerte del peluquero, quien era su mejor amigo, ya no tenía con quien practicarlo. Y es que en el pequeño pueblo de Guanajuato en el que vivía, a nadie más le interesaba ese juego. Por eso se le ocurrió enseñarle a su sobrino Martín todo lo que sabía sobre el llamado “deporte ciencia”. Martín tenía sólo ocho años y era muy inteligente. Así que no le costó ningún esfuerzo aprender el movimiento de cada pieza ni las reglas. “Es como una batalla entre dos ejércitos —le explicó su tío—, y el objetivo es acabar con el rey del enemigo.”

Al principio, como es natural, Anselmo ganaba con facilidad todas las partidas. Le bastaban unos cuantos movimientos para vencer a su inexperto rival. Sin embargo, con el paso de las semanas, las cosas fueron cambiando. Su sobrino mejoró hasta que, un día, superó a su maestro. “¡Jaque mate!”, exclamó Martín tras una partida. Su tío predijo entonces que el pequeño llegaría a ser un gran jugador.

El pronóstico se cumplió: a los 14 años, Martín había derrotado ya a los mejores ajedrecistas del Bajío. Era conocido y admirado en toda la región. Ahora su meta era participar en el Campeonato Juvenil de Ajedrez, el cual se celebraría en la Ciudad de México. El tío y el papá de Martín, quienes estaban muy orgullosos de él, habían prometido pagarle el viaje a la capital y la inscripción al torneo. Por desgracia, las cosechas de ese año resultaron muy malas y su familia apenas tenía dinero para lo esencial. “Quizá el año próximo puedas ir”, le dijeron ambos con tristeza.

Cuando los vecinos se enteraron de que Martín no participaría en el campeonato, también se entristecieron. ¡Era una lástima! La gente del pueblo se había hecho muchas ilusiones, pues todos lo apreciaban y estaban seguros de que ganaría.

Sucedió entonces que la familia que vivía en la casa de enfrente fue con el papá de Martín y con su tío y les entregó algunos pesos. “Sabemos que es muy poco —dijeron—, pero de algo les servirá. Cómprenle un boleto de autobús al muchacho para que pueda ir a la capital.” Ellos no querían aceptarlo, pero ante la insistencia de sus vecinos, dijeron que sí. Al día siguiente otra familia vecina hizo lo mismo, y luego otra y otra y otra… Algunas daban más y otras menos, pero todas lo hacían con el corazón. Al final, treinta familias habían cooperado y con ese dinero el chico pudo ir a la Ciudad de México y se inscribió en el torneo.

No hace falta decir que Martín obtuvo el primer lugar. Su talento para el juego sorprendió a todos. Los premios eran una beca de estudios y un lujoso ajedrez. Las piezas blancas eran de mármol y las negras de ónix. Al regresar a su pueblo fue recibido como un héroe. Todos lo felicitaban y le aplaudían. Entonces Martín le regaló a cada una de las treinta familias que lo había apoyado una de las piezas del ajedrez que recibió como premio. Únicamente se quedó con las dos que representaban al rey. La de mármol se la dio a su papá y la de ónix a su querido tío Anselmo.

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